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Cuidado con las frases que empeoran los conflictos: aprende qué decir y cuándo callar

En "Más conectados" se analizó cómo ciertas palabras activan el conflicto y qué estrategias aplicar para conversar mejor con hijos, pareja y equipo de trabajo. Foto: captura.

En "Más conectados" se analizó cómo ciertas palabras activan el conflicto y qué estrategias aplicar para conversar mejor con hijos, pareja y equipo de trabajo. Foto: captura.
13:00 horas - Lunes, 23 Febrero 2026

En Más conectados se abordó un tema que todos vivimos en casa, en la oficina y hasta en la calle: las palabras que agravan los problemas. El programa puso el foco en cómo ciertas frases, tonos y gestos pueden encender discusiones en la pareja, con los hijos o en el trabajo. La conversación ofreció herramientas claras para mejorar la comunicación y evitar conflictos innecesarios.

Durante el diálogo, Miguel Figueroa, director general de La Neurona Reina, recordó una idea clave: “La comunicación no es lo que dices, sino cómo el otro lo entiende”. Esa frase resume uno de los errores más comunes. Muchas discusiones no nacen por mala intención, sino por una forma inadecuada de decir las cosas.

[Lee también: "Más conectados": conoce la programación de hoy, lunes 23 de febrero]

EVITA FRASES QUE INVALIDAN EMOCIONES

Una de las combinaciones más peligrosas en medio de una discusión es: “Tranquila, no es para tanto” o “no exageres”. Según se explicó en el programa, estas expresiones invalidan la emoción del otro. El mensaje implícito es que el problema no existe o que la culpa es de quien se siente afectado.

La recomendación es clara: validar primero. Reconocer que la otra persona tiene una razón para sentirse así. Luego, exponer el propio punto de vista con calma.

También conviene evitar frases como “tú me entiendes mal” o “tú no me entiendes”. Estas expresiones trasladan toda la responsabilidad al otro. Si algo no se comprendió, corresponde explicar mejor. Tener la razón no vale si la relación termina dañada.

PAUSA ANTES DE RESPONDER

En momentos de tensión, el cuerpo reacciona. El cerebro activa mecanismos de defensa que elevan el cortisol, la hormona del estrés. En ese estado, cualquier conversación se vuelve más difícil.

La sugerencia es simple: hacer una pausa. Tomar distancia unos minutos. No continuar la discusión si hay alteración. “La peor ayuda de una buena conversación es estar alterado”, afirmó Figueroa en el programa.

Esta pausa también aplica en la convivencia diaria. En el tráfico, en el trabajo o en casa. Gritar o reaccionar con ira solo aumenta el estrés propio. El efecto no queda en la calle. Llega al hogar.

EL MOMENTO DEL DÍA IMPORTA

No todos reaccionamos igual según la hora. En adultos, la media mañana suele ser el momento más favorable para conversar. En la noche, el cansancio influye en respuestas más reactivas.

Con adolescentes ocurre lo contrario. Muchos tienen un cronotipo más activo por la tarde o noche. Intentar conversaciones profundas a primera hora del día puede ser un error. Ajustar el momento mejora las probabilidades de entendimiento.

LIDERAZGO Y PALABRA EN EL TRABAJO

En el ámbito laboral, se destacó que un líder no solo comunica con palabras. Comunica con su actitud. Si el jefe grita o muestra maltrato, el equipo replica ese trato.

También se alertó sobre frases como “esto es criterio” o “esto es lógico”. Asumir que todos piensan igual genera conflictos. Cada persona tiene experiencias distintas. La solución pasa por explicar con claridad y repetir las indicaciones las veces que sea necesario.

Un líder no es lo que dice, sino lo que hace. Un líder no da un mensaje, un líder es el mensaje”, se señaló.

NIÑOS, PANTALLAS Y DEPORTE

En casa, la crianza también enfrenta retos. El exceso de pantallas fomenta la búsqueda de recompensas inmediatas. Eso reduce la tolerancia a la espera y aumenta la frustración.

La recomendación es concreta: más movimiento y deporte. La actividad física fortalece el desarrollo cerebral y mejora la toma de decisiones a futuro. Así como existe una canasta básica alimentaria, debería existir una base mínima de actividad física en la rutina infantil.

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